Pasó el eclipse y no nos convertimos en arena. Tuvimos mucha suerte con el tema del transporte. Fuimos los últimos dos en entrar en el autobús lanzadera que llegaba a la playa a tiempo para el comienzo del eclipse. Justo encontramos a nuestros amigos Italo-argentinos a tiempo para ver como la luna comenzaba a comerse al sol y vimos el “ring of fire” en su explendor desde la orilla del mar en la playa del gurugú.
Todo el mundo hablaba de lo impresionante que era la experiencia. Yo estaba más preocupada en conseguir volver a casa con la espantada de gente que iba a haber cuando se terminara el espectáculo.
Pero volvimos a tener suerte y nuestros amigos Miguel y Ester estaban cerca y habían venido en coche. Olé! Vinieron a nuestro encuentro y nos llevaron hasta la puerta de casa, pero antes de irse nos fuimos los cuatro a cenar en el Etrusco. Un placer, siempre, aunque sea solo por su agua con gas italiana con gasificación natural.
Ya ha pasado el eclipse, ya he llevado a mis amigos al aeropuerto y se encuentran sanos y salvos en sus respectivas casas. Y yo sigo teniendo una sensación de agobio tremenda. Ya no es por algo mundano como el tener la casa patas arriba, o no saber qué hacer con mis padres, sino que la sensación es algo más profunda y concierne a la tierra, a su supervivencia y al universo.
Todas estas civilizaciones que hemos construido, cualquier día de estos se van al aire. Hay una explosión nuclear, o el aire se transformará en fuego, y puff! Nos iremos todos a la mierda. Veo las noticias, el calor global, los incendios, el terremoto en Colombia, la masa blanca creciendo en el mar menor… esto pinta muy mal. Pero la vida sigue y el lunes iremos a trabajar, el viernes que viene volaremos a Japón, y el 19 de septiembre tocaremos en Murcia.
El futuro es incierto, pero seguimos planeándolo como si nada. Que podemos hacer? Creo que ya estamos en un punto sin retorno. Mi vida es insisgnificante en este planeta. ¿Podría irme a vivir a otro?